(1919-2020).

En sus entrevistas de vejez le placía repetir una anécdota: todas las mañanas caminaba hasta su biblioteca, tomaba un libro cualquiera y traducía una frase a sus cuatro idiomas (alemán, francés, inglés e italiano). Era una prueba diaria de lucidez en la odisea de la senectud. También revelaba los rasgos cruciales de su trayectoria: el poliglotismo y la traducción. George Steiner murió el 3 de febrero a los 90 años. Durante décadas fue profesor en diversas universidades anglosajonas y colaborador del New Yorker. Su labor, por mera convención, fue situada en el campo de la crítica literaria, aunque la clave de su itinerario radica en su larga meditación, como fiel sobreviviente del judaísmo europeo, en torno al libro y a la palabra. El misterio de la palabra y de la lectura es la via regia para indagar la tradición (traditio: “lo que se ha entregado”) de la humanidad. La obra de Steiner evoca el llamado a conservar los tesoros que la barbarie amenaza derruir. Leerlo hace levantar la vista y pensar que algo esencial nos ha sido revelado. Steiner aprendió de Heidegger (a quien dedicó un bello ensayo, inevitablemente complejo: la familia de Steiner huyó del nazismo, de Viena a París y de París a Nueva York) a investigar y detenerse en lo fundamental. Una especie de epojé que nos permite huir del vulgus profanum de la sociedad de masas. Pensó que el talento y la creatividad no podían someterse al escrutinio de la justicia social. Fue elitista menos por convicción que por creer que la trasmisión de conocimiento porta un halo demoníaco que exige un cuidado, un vínculo secreto entre maestros y discípulos. Pensó la enseñanza en la época de la masividad estudiantil y la profesionalización académica, y nos dejó, entre otras, esta hermosa e inquietante frase: “enseñar sin un grave temor, sin una atribulada reverencia por los riesgos que comporta, es una frivolidad”. Steiner cultivó, sin concesiones y sin pagar tributo a la corrección democrática, el placer más exigente e inútil: pensar.

Leonardo Eiff